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domingo, 31 de agosto de 2014

EL MAESTRO DE PIANO -EPÍLOGO-



A Inés le habían dicho alguna vez que sería la perfecta casada. Era organizada, trabajadora y resuelta, sabía de cocina, dominaba todas las labores, administraba las cuentas de la casa, y todo lo hacía sin darle ningún problema a su padre, antes bien, barriéndolos de su camino para que él estuviese siempre cómodo y descansado cuando llegaba al hogar. Ahora haría lo mismo por su esposo, con la satisfacción íntima de haber descubierto que el matrimonio era más que una unión de conveniencia, más que cariño o confianza, más que costumbre o acomodo.
—Y dinos, Inés, ¿qué le pareció al maestro tu tarta de manzana?
Inés se sonrojó mientras Esperanza cerraba a su espalda uno a uno los diminutos botones de nácar del traje de novia. Virtudes le colocó el velo, y Dulce le puso el ramo de rosas en la mano. Al fin miró su reflejo en el espejo, enderezó la espalda, sonrió y elevó el mentón, confiada. Las ninfas del papel pintado de las paredes aprovecharon el momento para iniciar un vals a su alrededor.
Con un suspiro, Inés cerró los ojos, vio el rostro del hombre que había amado toda la vida y que pronto sería suyo como si lo tuviera ante ella, y los volvió a abrir. Las doncellas ya no bailaban, las flores no le hacían gestos, los pájaros en su balcón no le hablaban. Al fin su vida era como la había soñado y ya no tenía que imaginarse una realidad diferente para ser feliz. En el espejo se reflejaban los rostros de sus cuñadas que aguardaban expectantes una respuesta.
—Creo que... tendré que hacérselo a menudo a partir de hoy. Es un hombre muy goloso.

Y aquella noche, en la alcoba nupcial, su esposo le demostró que no había exagerado en absoluto.

FIN


sábado, 30 de agosto de 2014

EL MAESTRO DE PIANO -12-



Seis

         “Si es que a través de estos muros el mundo apenada miras, y por el mundo suspiras de libertad con afán, acuérdate que al pie mismo de esos muros que te guardan para salvarte te aguardan los brazos de tu don Juan.”
Palabras de don Juan.


Fue aquel un brevísimo noviazgo del que toda la ciudad se hizo eco. Inés Vidal que había rechazado más pretendientes de los que se podían contar con los dedos de las manos, se había comprometido al fin con un humilde maestro de música, recién retornado a la ciudad después de una ausencia de diez años; un hombre bastante mayor que ella, viudo, y con el que apenas se la había visto en el paseo, siempre acompañados por su padre o alguno de sus hermanos y cuñadas, o en Misa de domingo, donde él la esperaba siempre puntual para ofrecerle agua bendita de su mano. Por lo demás, no solían mostrarse en ninguno de los lugares donde habitualmente se podría encontrar a una pareja comprometida y próxima ya al altar.

Parado ante el espejo, deshaciéndose el nudo de la corbata, Juan meditaba en todas aquellas cosas que la ciudad rumoreaba y que él no podía ignorar. ¿Y si Inés le plantaba ante el altar? Era una opción, puesto que ella misma había confesado estar algo loca, y él mismo la había descubierto en alguna ocasión observando objetos inanimados como si mantuviera una conversación con ellos. Recordó que había sido una niña muy fantasiosa, a la que le encantaban los cuentos que, una vez aprendidos, volvía del revés contándolos a su manera. Quizá esa imaginación era la que le permitía sobrevivir a una vida que, al menos desde fuera, aparentaba monótona e insulsa. Aunque Inés no había entrado en el convento, había convertido su casa en su propio claustro. Y ahora él se empeñaba en arrancarla de aquel refugio, de todo cuanto le era querido, y obligarla a iniciar una nueva vida que tal vez no deseaba.
Tenía que hablar con ella. Ya casi cogía la chaqueta cuando se dio cuenta de que estaba anocheciendo, no eran horas para presentarse en ninguna casa decente. ¿Qué podía hacer? A la mañana siguiente no le recibiría, el novio no podía ver a la novia el mismo día de la boda. Y él tenía que hablarle, convencerla de sus sentimientos que crecían día a día avivados por el desdén al que lo sometía. Prometerle dicha y felicidad eternas, amor, apoyo, fidelidad, ¿cuál sería el argumento que la convencería?
Sin meditarlo a fondo se encontró ya en la calle, camino de su casa, parado ya ante su portal. No podía llamar a la puerta, probablemente ni le abrirían. ¿Tendría que hacer, pues, el papel de su tocayo el infame Tenorio y colarse por el balcón? El acceso no parecía complicado, y el sereno no rondaba la calle en aquel momento.
            Dicho y hecho. Con ayuda de la farola y del canalón de desagüe, en pocos segundos y sin haber corrido demasiados riesgos, se encontró en el balcón de Inés. Ya aproximaba los nudillos al cristal cuando una voz en el interior detuvo su mano en el aire.
—¿Estás tranquila, entonces? —preguntaba, afable, don Evaristo a su hija, que le contestó asintiendo, su perfil transparentado a través de los finos visillos que cubrían la puerta del balcón—. Has estado muy callada estos días. No pareces… muy feliz.
—Lo soy, padre, no tiene de qué preocuparse. No todas tienen la suerte de casarse con el hombre que su corazón ha elegido.
Aquellas palabras provocaron al pretendiente oculto tal ansiedad que, dando un paso hacia delante, fue a golpear con la punta del pie una maceta. Ahogó una maldición, mordiéndose el labio para no quejarse.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó don Evaristo y, al momento, Inés descorrió los visillos, encontrándose cara a cara con su futuro esposo. Con las pupilas dilatadas por la sorpresa, cerró la cortina, apoyando la espalda contra la puerta mientras trataba de convencer a su padre de que sólo era el gato de la vecina saltando por los balcones—. Quizá debería salir a espantarlo.
—No lo haga, padre, que es fiero y aún podría arañarle. Imagínese qué pinta tendría mañana en la Iglesia y cómo saldría en las fotografías que Virtudes se ha empeñado en que nos tomen tras la ceremonia.
Apoyando una mano en el hombro de su padre, Inés lo fue guiando, con dulzura a la vez que firmeza, hacia la puerta, mientras lo dejaba despotricar contra esos inventos modernos y los caprichos de su cuñada.

—Ya sé que no son horas, ni formas, ni lugar si me apuras, donde aparecerme sin avisar. Pero tenía que verte... –dijo en cuanto ella abrió la puerta del balcón.
—Ya me vas a ver mañana.
Y todos los días siguientes, parecía añadir su gesto contrito. Juan no sabía si dar las gracias o indignarse por su disposición, tan firme como falta de entusiasmo, al matrimonio.
—Apenas hemos hablado desde aquella noche, me rehúyes, me esquivas, y yo sigo sin comprender las razones de tu negativa. ¿Es que acaso... no me quieres? ¿Por eso me confesaste tu arrepentimiento?
—No entiendes nada. —Inés dio dos pasos dentro de la habitación, lo que Juan interpretó como una invitación a entrar—. Yo...
Dos golpes en la puerta.
—Inés, hija, perdona que te moleste de nuevo...
Antes de que don Evaristo terminase la frase, ya Juan estaba de nuevo en el balcón y la puerta cerrada tras él, con los visillos echados para ocultar su sombra.
Inés abrió y se encontró a su padre en el pasillo, quien le pidió que le dejase hecho el nudo de la corbata para el día siguiente, ya que probablemente ambos estarían demasiado nerviosos aquella mañana para hacerlo correctamente. Con dedos temblorosos, pues, Inés hizo el peor nudo de su vida y se lo entregó a su padre, con una sonrisa trémula, mientras éste le repetía las buenas noches.
—Explícamelo entonces.
—¡Pensaba que te habías ido! —Inés se llevó una mano al corazón para detener su sobresalto. Apenas acababa de cerrarle la puerta a su padre y ya su prometido estaba de nuevo dentro del dormitorio.
—No me iré hasta que me hables. Dime, ¿dónde ha ido aquella criatura coqueta que ha estado tentándome desde que nuestros caminos volvieron a cruzarse? ¿Dónde la mujer apasionada de aquella noche inolvidable?
—No sigas... —levantó la mano, la palma abierta, para detenerle, y él aprovechó para tomar sus dedos y llevárselos a los labios.
—¿No sabes que sueño contigo día y noche? Me has embrujado, tus labios me han dado a beber una pócima tan dulce que ya nada calma mi sed desde entonces, apenas he vivido estos días con la esperanza de que llegue la bendita hora en que seas mía, mía para siempre.
—Tú no querías volver a casarte —le acusó ella, revelando al fin el problema—. Yo te obligué, te puse en un compromiso, te...
—Me sedujiste, sí. —Juan le apartó con delicadeza un rizo de su melena dorada que le caía sobre los ojos, sonriéndole con ternura—. Y te daré toda la vida gracias por ello. Me hiciste comprender que estaba equivocado, que haber tenido mala suerte una vez no significa padecerla para toda la vida. Y por eso y por mil cosas más, me hace tan feliz la idea de ser tu esposo.
—¿Crees que llegarás a quererme, entonces? —preguntó ella, alzando sus ojos con un gesto cándido que lo seducía más que las tácticas de mujer fatal que al principio habían intentado y que tan mal se le daban.
—Creo que te quiero ya.
Las manos de ella volaron sobre sus hombros, las de él enlazadas en su cintura, ya sus labios se tocaban cuando volvieron a llamar a la puerta.
—Señorita Inés, le traigo su chocolate caliente.
Apretando la boca para no reírse, Inés abrió a la doncella y recibió de ésta la taza con la dulce bebida, tratando de no hacer un gesto que revelase al que se ocultaba tras la puerta. Se desearon mutuamente buenas noches y de nuevo la habitación volvió a quedar en silencio.
—Hay más movimiento en tu dormitorio a la noche que en Misa de doce.
Para no soltar una carcajada, Inés se colgó de los brazos de su prometido y le ofreció sus labios, que él tomó agradecido, besándolos con fruición.
—Ahora tienes que irte. Mañana quiero estar muy hermosa para ti y no cansada y con ojeras.
—Es la última vez que me echas de tu alcoba, doña Inés.
—Adiós, don Juan. —Le acompañó al balcón y, después de cerciorarse que no había curiosos que lo pudieran sorprender y que el sereno seguía sin aparecer, se despidieron con otro breve beso—. Mañana podrás recitarme entero el Tenorio.
—Mañana, Inés, no habrá tiempo para poesía. —Su mirada seductora, casi canalla, le prometió placeres desconocidos y exóticos juegos sin fin.
Con un suspiro, Inés lo observó descender de vuelta a la calle y alejarse, diciéndole adiós con la mano.

viernes, 29 de agosto de 2014

EL MAESTRO DE PIANO -11-



Dos golpes suaves en la puerta, y una voz que aún a través de la madera, lograba calentarle la sangre y erizarle la piel. Inés, Inés. Era como un canto de sirena. Se acercó, despacio, evitando hacer ruido con sus zapatos, y apoyó la sien contra el quicio, resistiéndose a abrir. Sobre la cómoda un retrato de su abuela materna achicaba los ojos reprochándole su comportamiento.
—¿Qué puedo hacer? —le susurró a la imagen, rogando por un consejo sensato.
¿Acaso no es ese el hombre que quieres, por el que llevas toda la vida llorando y suspirando? dijo una voz vieja y sabia en su mente. Yo le quiero, contestó sin abrir la boca, pero él a mí no. Tonterías, niña. Sé de jóvenes que se dejarían cortar el brazo derecho por la suerte que éste ha tenido. Inés rió, a su pesar, tapándose la boca con la mano, mientras se redoblaban los golpes al otro lado de la puerta.
Abrió al fin, borrando la sonrisa de su cara y cubriéndola con un gesto circunspecto, al tiempo que caminaba hacia el fondo de la alcoba, apoyándose en el alféizar de la ventana abierta, mientras rogaba a sus piernas que dejaran de temblar.
—He convenido con tu padre que nos casaremos el mes próximo —dijo Juan, paralizado por su frialdad, sin atreverse a avanzar más que dos pasos dentro del dormitorio.
—Tú no quieres casarte —acusó ella, la frente alta, la mirada lejana.
—Inés, después de lo ocurrido la otra noche...
—Lo sé, te sientes obligado —escuchó de sus labios una esperada negativa que le pareció poco sincera—. No sabes cuánto me arrepiento de lo ocurrido.
Quería añadir que se arrepentía de haberlo seducido, de haberlo puesto en aquella posición en donde la moral y la educación le dictaba lo que debía hacer. La imposibilidad de poner en palabras lo ocurrido aquella noche, tan reciente, tan íntimo, frenó su lengua.
Juan esperó en vano que ella se explicase, y ante su silencio, sólo pudo llegar a la conclusión de que las palabras dichas significaban exactamente lo que se temía. Ella se arrepentía ahora de habérsele entregado, y no era ese precisamente el mejor modo de comenzar un matrimonio, pero ya no tenía solución. Si dentro de unos meses nacía una criatura como resultado del impulso de aquella noche, llevaría el apellido Cortés, eso ni la misma Inés iba a poder evitarlo.
—El 25 de julio, a las diez de la mañana, en la Iglesia de Santiago —dijo, dando un paso atrás, despacio, esperando aún que ella lo detuviese. No lo hizo.

jueves, 28 de agosto de 2014

EL MAESTRO DE PIANO -10-



Cinco

“¡Oh! Sí, bellísima Inés, espejo y luz de mis ojos; escucharme sin enojos, como lo haces, amor es: mira aquí a tus plantas, pues, todo el altivo rigor de este corazón traidor que rendirse no creía, adorando vida mía, la esclavitud de tu amor.”
Palabras de don Juan.


Evaristo Vidal miró a sus tres hijos varones, parados en el medio del salón, y se encogió de hombros, incómodo; al fondo, sentadas en el tresillo, sus tres nueras también esperaban sus palabras.
—Se niega a darme explicaciones. Sólo dice que no, que Cortés es muy generoso y muy amable, pero que no acepta su mano.
—¿Y qué dice Juan? —preguntó Pablo abriendo las manos, desconcertado.
—Que se casarán en un mes a lo más tardar.
Mientras los tres hombres discutían aquel embrollo, sus esposas se arrellanaron más cómodamente en sus respectivas butacas.
—Creo que Inesita le ha dado a probar al maestro algo más que su tarta de manzana —opinó Esperanza, ocultándose tras su taza de té para que su esposo no la escuchara.
—No seas malpensada. Inés es una muchacha muy decente, muy bien educada.
—Muy enamorada —añadió Dulce a las palabras de Virtudes.
—¿Tú estás de acuerdo con Esperanza?
—¡A ver! Si al maestro le ha entrado tanta prisa, por algo será.
—Por su mala conciencia.
—Yo no creo que Inés...
—Inés es una mujer adulta que ha visto que sólo tiene una oportunidad para realizar su sueño, tampoco vayamos a martirizarla por ello.
—Por supuesto que no. —Virtudes se llevó una mano a vientre, donde su pequeño se removía inquieto, lanzando patadas con sus fuertes piececitos. Imaginó que era una niña, no era que no quisiera a sus dos hijos varones, a los que adoraba, pero una pequeña a la que poner bonitos vestidos y hacer tirabuzones, sería algo muy hermoso—. Pase lo que pase, la protegeremos. Se lo debemos.
Las otras dos asintieron con convicción, dispuestas a devolver aunque fuera mínimamente el cariño y el apoyo que su joven cuñada les había brindado desde su llegada a la familia.

—Don Juan pregunta por usted, señor —anunció la doncella en la puerta, con gesto conspirador, consciente, como todos en aquella casa, de que algo grave ocurría.
Cuando el maestro entró en la sala, siete pares de ojos lo escrutaron implacables.
—Buenas tardes —dijo hacia las señoras, que le devolvieron el saludo con una elegante inclinación de cabeza—. Don Evaristo, perdone que le moleste de nuevo, es que ya no podía seguir esperando por noticias suyas. ¿Ha cambiado al fin de opinión? ¿Se aviene a razones?
—En absoluto, querido amigo, y bien que lo siento. —Vidal ofreció a su invitado asiento, que éste rechazó, retorciendo nervioso entre las manos su sombrero.
—Creo que reconozco esa bufanda —cuchicheó Esperanza a las otras dos, que estiraron el cuello para ver la prenda que lucía Juan. Dulce se tapó la boca para contener una risita, mientras Virtudes meneaba la cabeza disgustada. Sí, aquello era más serio de lo que pensaba.
—Permítame unos momentos con ella, le expondré mis razones y espero poder convencerla.
—¿Y cuáles son esas razones? —preguntó Pablo, volviéndose hacia su antiguo amigo con gesto un tanto disgustado—. Explícanoslas a nosotros, a ver si así podemos entender lo que está ocurriendo.
—No puedo aclararles por qué Inés se niega a mi petición —reconoció Juan, acomodándose la bufanda que se había puesto para tratar de ablandar el corazón de quien se la había regalado—. Tengo razones para creer que Inés alberga hacia mi persona fuertes sentimientos... Ella misma me lo ha confesado.
—¿Y cuáles son tus sentimientos, si se puede saber? —preguntó Jorge, más hosco que su hermano.
—Ahora mismo muy confusos, debo reconocer pero... Pero hay algo que sé con certeza. —Juan tomó aire y miró al fondo, donde las tres cuñadas lo observaban conteniendo el aliento—. Y es que quiero pasar el resto de mi vida al lado de Inés.
—Apenas unas semanas atrás decías que no volverías a casarte.
—Un hombre puede cambiar de opinión.
—¿En tan poco tiempo?
—¿Acaso necesito explicar a sus propios hermanos las virtudes de Inés? Comprendo que sois inmunes a su belleza, pero no ciegos, y en todo lo demás... mejorando lo presente —añadió para congraciarse con las tres damas que no se perdían una palabra de su boca—, no creo que haya mujer que la iguale. O al menos no la hay para mí.
—No gastes con nosotros tantas palabras bonitas —dijo don Evaristo, evitando que sus hijos continuaran con el interrogatorio—. Ve, ve y díselas a Inés.
—Eso si quiere abrirle la puerta —remató Esperanza cuando ya el maestro salía por la puerta.