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viernes, 22 de agosto de 2014

EL MAESTRO DE PIANO -4-




Dos

“Tal vez poseéis, don Juan, un misterioso amuleto, que a vos me atrae en secreto como irresistible imán.”
Palabras de doña Inés.



A los postres, su padre sacó una caja de puros —de la Fábrica de Tabacos de La Coruña por supuesto, la empresa a la que le había dedicado cincuenta años de su vida y ahora, ya jubilado, no podía evitar visitar semana sí y semana también— que ofreció a sus tres hijos varones y a su invitado.
Inés no tuvo más remedio que seguir a sus cuñadas al saloncito, donde disfrutarían de sus dulces y de un poco de conversación femenina, a pesar de que nada deseaba más que quedarse allí, con los hombres, escuchar, absorber, cada una de las palabras que salían de la boca de su antiguo maestro de piano y fumar, si se terciaba, uno de aquellos cigarros olorosos de los que su padre presumía pero que nunca le hubiera ofrecido a una mujer, mucho menos a su hija.
Sus cuñadas la observaban. Virtudes, la mayor y más inquisitiva, Dulce la del medio y Esperanza, la más joven, que apenas llevaba dos años en la familia, todas ellas haciendo honor a los nombres que sus padrinos les habían adjudicado en la pila bautismal. ¿Y qué podía ella decirles? Ya había utilizado, desgastado casi, todas las tácticas femeninas que le habían recomendado. Se hacía la encontradiza en su paseo matinal por el Cantón; llevaba y recogía a Pablito de sus clases de música, con la excusa de que al acompañarle ella, no podía hacer novillos; le hablaba a la entrada y la salida de Misa. Todo esto con gestos llenos de coquetería que Inés nunca había necesitado utilizar y que le resultaban casi absurdos; que si dejar caer las pestañas para que apreciase su longitud y el brillo de sus ojos al volver a abrir los párpados, que si inclinarse hacia delante cuando llevaba un vestido algo escotado, que si una mano al pecho, otra a la cadera, para resaltar sus encantos. Tonterías, memeces, quería gritar, nada de aquello servía, o bien ella se había vuelto fea de repente o bien éste era el único hombre inmune a sus encantos sobre la faz de la Tierra.
—Dale tiempo al hombre —sugirió Virtudes, tomando un pastelillo de crema con un mohín  goloso en sus gordezuelos labios—. Lleva años viudo y se ha acostumbrado a su libertad, así que ahora le cuesta trabajo hacerse a la idea de volver al redil matrimonial.
—Pues a mí me parece de lo más dispuesto. —Esperanza le sonrió, benevolente, ella siempre tan optimista—. He visto como te mira y creo que lo tienes a punto de caramelo, sólo necesita un pequeño empujoncito.
—Le he tejido una bufanda. —Inés buscó en la cesta de sus labores, entre agujas y coloridos ovillos de lana. Después de abandonar el piano, había dedicado sus horas libres al bordado, el ganchillo, la calceta; no había labor manual que no dominase, y era algo de lo que se sentía orgullosa—. La que suele usar luce bastante gastada, así que se me ocurrió hacerle una nueva, pero no sé si será muy descarado por mi parte dársela así, sin más.
—Te ha quedado muy bien —dijo Dulce, apreciando la calidad de la lana azul con la que Inés había calcetado la bufanda—. Siempre he dicho que tienes manos de monja para las labores, te hubiera ido muy bien en el convento.
Las tres cuñadas rieron la broma maliciosa mientras Inés les arrebataba la bufanda de las manos y volvía a guardarla entre sus cosas.
—Iré a ver si quedan más pasteles en la cocina, no vaya a ser que queráis comerme a mí cuando se acaben. —Les hizo un gesto airado, mordiéndose una sonrisa, y salió al pasillo dispuesta a escuchar, al pasar, sin querer, qué era lo que estaban hablando los hombres en el comedor.
—¿Y cómo es que no te has vuelto a casar en tantos años? —preguntaba Pablo, su hermano mayor el diputado, ya de regreso de la Corte. En tiempos había sido buen amigo de su maestro de piano, con el que compartía edad y aficiones. Inés esperó que Juan contestase esquivo, tal y como había hecho cuando su cuñada le hizo la misma pregunta. Se equivocó. Descubrió, para su sorpresa, que los hombres tienen una cara muy diferente cuando se encuentran a solas entre sus iguales, sin damas delante a las que ofender.
—He decidido que el matrimonio no es para mí. Yo sólo soy un pobre profesor de música, pero a veces me gustaría hablar con mis colegas, los maestros que educan a las niñas, y preguntar por qué demonios se empeñan en convertirlas en ángeles, esos seres sin sexo, sentimientos ni ansiedades. Entre el colegio, las pocas que van a ellos, claro, los padres y los curas, convencen a las mujeres de que deben ser santas y mártires, y el lecho conyugal es el altar en el que deben inmolarse para acatar la orden divina de crecer y multiplicarse.
—Eso es lo que se busca a la hora de pedir a una mujer en matrimonio, ¿no? —intervino el padre de Inés—. Una joven educada, hacendosa, de probada virtud.
—Usted me disculpará por mis palabras, don Evaristo, mi opinión es que la virtud en esta sociedad está muy sobrevalorada.
—¿Y esa viuda con la que te citabas en Barcelona? —preguntó Pablo, haciendo ver que estaba al tanto de la vida de Juan en aquella ciudad— ¿Acaso no era una dama virtuosa?
—Sólo del piano. Tenía unas manos de dedos largos y suaves, con las que te aseguro que hacía maravillas. Cosas que ni imaginaría una jovencita recién desposada.
—Creo que entiendo lo que dice Juan —opinó Jorge, el más joven de los tres hermanos, acallando sus risas—. De nuestra esposa esperamos todo lo que dice padre mientras estamos en sociedad. Pero cuando estamos a solas, en la alcoba nupcial, desearíamos que olvidara todas las convenciones y fuera experta… en otros temas.
Siguieron más risotadas y bromas a cada cual más subida de tono, que encendieron las mejillas de Inés y la hicieron retroceder.


jueves, 21 de agosto de 2014

EL MAESTRO DE PIANO -3-


—Quizá un día podamos cenar todos juntos en tu casa —propuso Virtudes, cogiendo del brazo a su cuñada.
—Sí, claro, es una buena idea.
—Cuando lo tengan a bien, recibiré encantado su invitación.
Las dos mujeres se alejaron cogidas del brazo por la calle soleada, sin ser conscientes del hombre que las espiaba desde su ventana, pensativo. Encontrarse a Inés Vidal, ahora convertida en una mujer, y qué bella mujer, le había traído más recuerdos al maestro de piano que volver a pisar diez años después la casa que había heredado de sus padres.
Recordó su juventud, a su propio maestro de música, don Narciso Otero, que le había alentado ante su talento innato, convenciendo a su padre, modesto armador de barcos pesqueros, para que dejara a su único hijo seguir su vocación. Desde entonces, Juan Cortés, ignorando el negocio familiar, consumía las horas del día entre instrumentos y partituras, tan volcado en la música que no tuvo tiempo ni para buscarse una novia, así que fue ella, la hija de don Narciso, la que le cortejó y lo llevó al altar. Había tenido tiempo suficiente durante su breve matrimonio para arrepentirse mil veces de haber confundido la devoción por su maestro y la admiración por la belleza de su hija con el amor. Y los años de viudez sólo le habían hecho reafirmarse en sus opiniones contra el matrimonio, con lo que había llegado a ser un experto en huir de jóvenes virtuosas en edad de merecer. Así que, con un suspiro, cerró su ventana y trató de ignorar el recuerdo del sensual movimiento de las caderas de Inés Vidal alejándose de su casa.

En la calle el sol era más radiante, las flores difundían olores dulces y penetrantes, los niños pasaban corriendo y chillando y del mar llegaba un olor acre y salado que lo envolvía todo provocando a las dos mujeres la falsa sensación de que navegaban, movidas por la brisa, surcando las aceras empedradas. Una farola, galante, se inclinó al paso de Inés y la mano de bronce que servía de llamador en un portal la saludó al pasar.
—Así que éste es tu don Juan.
Inés sonrió, apretando más el brazo de su cuñada contra su pecho. Desde lo alto, las gaviotas le hacían guiños devolviéndole su radiante sonrisa.
Sí, era él. El hombre que la hizo llorar durante tantos días seguidos que sus padres temieron que su niña, su única hija, la más pequeña, terminase en una casa de locos. El hombre que le hizo descubrir que el corazón no es sólo un órgano que impulsa la sangre golpeando, dentro—fuera, contra el pecho. El hombre que le enseñó a tocar el piano y por cuya ausencia no había podido volver siquiera a sentarse de nuevo ante sus teclas.
—A veces me recitaba a Zorrilla. Decía que puesto que yo le llamaba don Juan, él me llamaría doña Inés, y se ponía de rodillas y entonaba “no es verdad ángel de amor...”.
—No me extraña que quisieras entrar en un convento. Después de enamorarte y perder a un hombre así, ya sólo queda el Señor.
Su madre lo había prohibido terminantemente. Ay, mamá, cuántos disgustos te di entonces, ojalá te los hubiera podido ahorrar. Porque al ver que aquello no tenía remedio, sólo se le había ocurrido pedir a gritos que la dejaran tomar los hábitos, quería hacerse monja de clausura, no ver a ningún hombre, a ninguna otra persona más para el resto de su vida.
—Papá llamó a don Herminio, que era entonces el párroco de nuestra Iglesia, y le consultó mi petición.
—Ya, y don Herminio le dijo que si todas las jovencitas que sufrían de amores contrariados tomasen los hábitos, el Señor tendría más esposas de las que podría mantener. —Virtudes rió, recordando aquella historia que le había contado su marido tiempo atrás. Los tres hermanos Vidal adoraban a su hermanita, pero a veces no podían evitar hacer bromas sobre aquella crisis que había vivido a tan tierna edad.
De regreso a la casa de su cuñada, Inés comprobó que era mucho más tarde de lo que pensaba.
—Me voy corriendo, ya hablaremos.
—Recuerda que tienes que organizar una cena.
—¿Una cena?
Inés se volvió ya en la puerta, colocándose el sombrero mientras ya la doncella le abría. Una cena, sí, por supuesto, no iba a dejar escapar aquella oportunidad. Guiñó un ojo a Virtudes y salió corriendo, la brisa primaveral y la esperanza renacida ponían alas en sus pies ligeros.

miércoles, 20 de agosto de 2014

EL MAESTRO DE PIANO -2-


Un ama de llaves vestida de riguroso negro las hizo pasar a un saloncito. Al momento, Virtudes se sentó cerca de la ventana abierta, dejando que el aire que entraba le refrescase las mejillas arreboladas. Inés, de pie cerca de la puerta, esperaba ver entrar por ella su pasado. Nunca imaginó que tal vez fuera su futuro.
—Usted no puede ser la madre de Pablo.
Él estaba parado en el pasillo, a contraluz, de modo que Inés no podía reconocer sus rasgos, sólo su voz. Nunca había olvidado su voz.
—¿Por qué lo dice?
—Demasiado joven.
Se acercó lo suficiente para que la luz de la habitación lo alcanzara, dibujando su mentón fuerte, su nariz recta de herencia romana, sus ojos grandes bajo gruesos párpados y su pelo negro, con aquel mechón rebelde que seguía cayéndole sobre la frente, imposible de dominar con pomadas. Los años pasados no le habían envejecido lo más mínimo, antes bien, la madurez aumentaba su innato atractivo.
—No tanto, no se crea.
—¿Una mujer que no trata de quitarse años? Ahora me dirá que en el tiempo que he estado fuera de la ciudad, los peces han aprendido a volar y ellos solos se suben a los barcos pesqueros.
—Por lo mucho que ha demorado su regreso, bien pudiera ser que se hubieran dado toda clase de prodigios en su ausencia. —Inés extendió su mano, elegante, contenida, sujetando con una sonrisa cortés las emociones que amenazaban con desbordarse por todos los poros de su piel—. Don Juan, es un placer volver a verle.
—Esto sí es un prodigio. —El maestro de música se inclinó para besar la mano que ella le ofrecía, rozándola apenas con sus labios, descarado y galante a la vez que seductor—. Usted me conoce y yo debo de estar senil porque me resisto a ponerle un nombre a tanta belleza.
—Sólo era una niña cuando usted dejó la ciudad.
—Ya lo imagino. —La mano blanca de Inés seguía entre las suyas, y por un momento la observó, como sin en ella estuviera escrito el misterio de su identidad—. Pero permítame decirle que ha crecido usted admirablemente.
—Y usted sigue siendo tan encantador.
—¿Me hará sufrir por mucho tiempo más con esta incertidumbre?
—Sólo un momento más, el tiempo necesario para presentarle a mi cuñada, la madre de su alumno.
Sólo entonces Juan se dio cuenta de que había otra dama en la habitación, una que había escuchado aquel intercambio y parecía muy divertida con tal escena.
—Perdóneme que no la haya visto antes, señora.
—Virtudes Álvarez de Vidal. —Con gesto lánguido, la cuñada de Inés extendió su mano, que el profesor se llevó a la boca, sin besarla, como mandaba el protocolo que antes se había saltado—. Me temo que mi marido está en la Corte, es diputado, supongo que ya lo sabe usted, y no le esperamos de regreso antes de un mes.
—Juan Cortés, para servirla, señora. No sabe cómo lamento que se haya molestado por una chiquillada, nunca hubiera enviado esa nota de saber que su esposo no estaba en casa y que usted se sentiría obligada a venir en su lugar.
—No se preocupe, esto está resultando de lo más interesante. —Virtudes lanzó una mirada retadora a Inés, que parada cerca de la ventana parecía de repente inmersa en inquietantes pensamientos.
—¿Se refiere a la intriga con la que me castiga su joven amiga? Bueno, digamos que ya empiezo a descubrirla, puesto que han dicho que son cuñadas, y usted es la señora de Vidal, puedo deducir que la joven es la señorita Vidal, ¿o es demasiado fácil?
—Podría estar casada.
—No lleva anillo.
—Veo que usted no pierde detalle.
—Entonces, señorita Vidal, veamos, déjeme que recuerde a qué jovencita con su nombre podía yo conocer hace diez años. ¿Quizá le daba clases de piano?
Inés asintió, inclinando la cabeza con una sonrisa que haría suspirar a los ángeles. Juan la miró por un instante eterno, observó su cabello dorado reluciente bajo la luz del sol que se colaba por la ventana, su piel blanca, traslúcida, que mostraba pequeñas venas azules en sus sienes y en el cuello, los ojos grandes, tan dulces como inocentes y, una sorpresa, una pequeña pista con la que no había contado: al girar ella la cabeza, había descubierto un pequeño lunar en el mentón. Un lunar hecho para ser besado.
—Merezco ser fusilado por mi mala memoria. —Caminó alrededor de ella, como si fuera sólo una bella estatua en un museo, y por su quietud y su elegancia, realmente lo parecía—. No había entonces, ni creo que haya ahora, criatura más hermosa en la provincia que mi joven alumna, Inés Vidal.
Virtudes carraspeó, esperando que él añadiera alguna coletilla del tipo “mejorando lo presente”, pero aguardó en vano. Aquellos dos se miraban a los ojos como si el mundo, ahora sí, se hubiera detenido, aguantando el aliento, esperando su permiso para volver a rotar.
—Le echamos mucho de menos —dijo Inés, parpadeando coqueta.
—Y yo a usted, y a su padre... ¿Cómo está?
—Bien, gracias.
—Me alegro. Supe lo de su madre, permítame aunque tarde, darle mis condolencias.
—Se agradecen.
—¿Sigue tocando el piano?
Inés negó con la cabeza, y por su gesto supo que no debía seguir preguntando. Cómo explicarle que el piano se negaba a sonar en su ausencia, que sus teclas se volvían rígidas y su sonido era como el chirrido de cadenas oxidadas. Sería tanto como confesar que su vida se detuvo aquella tarde de invierno en que el joven profesor, emocionado, le había anunciado su matrimonio y su nuevo trabajo en una prestigiosa academia de música de Barcelona.
—¿Qué hay de mi hijo? —intervino Virtudes aprovechando el silencio momentáneo—. Antes habló de una chiquillada.
—Sí, claro, perdone, no sé en qué estaría yo pensando. —Virtudes se removió en su silla, mordiéndose el labio para no decir que ella sí sabía exactamente en qué estaba pensando, pero un vistazo a su pensativa cuñada la hizo contenerse—. Pues siento decirle que su hijo hace novillos, prefiere quedarse en el Cantón jugando con sus compañeros de colegio que venir a practicar el solfeo, y debo decir que en parte le comprendo, yo también he tenido nueve años.
—Ah, no, no, de comprenderlo nada, no sea usted demasiado blando con él. Pablito es un niño muy bueno y muy educado, pero porque su padre se lo exige; en ausencia de él a veces se vuelve difícil de controlar. Le pido que tenga mano dura con él, don Juan, como si fuera su propio hijo.
—Yo no tengo hijos.
Inés salió al fin de sus pensamientos al escuchar aquellas palabras. No había tenido hijos en aquellos diez años, y lo decía con cierta pena, como si le produjese dolor confesarlo. Si se hubiera casado conmigo... Cuantas veces en aquellos años había elucubrado sobre esa posibilidad. Pero ella entonces sólo tenía doce años, era una niña, pequeña, menuda, nada hacía prever la mujer en la que se convertiría, y qué podía ella hacer contra la naturaleza. Si le hubiera confesado aquel amor platónico, probablemente sólo hubiera recibido a cambio bien su hilaridad, bien su compasión. No quería ninguna de las dos, para nada.
—Siento que su esposa no le haya dado hijos. ¿Hace mucho que enviudó?
—Seis años.
—Tiempo suficiente para haberse vuelto a casar.
—No me lo he planteado.
—Pues debería. Un hombre aún joven, sin hijos, solo, ¿no me diga que no echa en falta una vida más familiar?
Juan sonrió para no contestar, mientras buscaba la forma de evitar el lazo que Virtudes le estaba enredando en el cuello. Inés callaba, como si las noticias que estaba recibiendo sobre su vida fueran demasiado importantes y necesitase meditarlas antes de dar su opinión. En realidad, miraba sus manos, sus dedos largos de pianista, dónde por primera vez se había dado cuenta de que no lucía anillo de boda. Así había descubierto su cuñada que estaba viudo,  nunca se le escapaba nada.
—Hablábamos de Pablo...
—Mano dura, es todo lo que tengo que decirle. —Virtudes intentó levantarse, y al momento Juan la tomó del brazo, ayudándola—. Creo que debemos volver a casa, ya le hemos entretenido bastante.
—Ha sido un placer conocerla. —De nuevo el fingimiento del besamano, para a continuación volverse hacia Inés, a la que miró de arriba a abajo, como tratando de memorizarla—. Y a usted, ha sido un placer reencontrarla.
—El placer ha sido mío. —Le entregó su mano, que besó ligeramente, acariciándola con sus labios cálidos—. Le diré a mi padre que está usted de nuevo en la ciudad.
—Quizá un día podamos cenar todos juntos en tu casa —propuso Virtudes, cogiendo del brazo a su cuñada.
—Sí, claro, es una buena idea.
—Cuando lo tengan a bien, recibiré encantado su invitación.
      Las dos mujeres se alejaron cogidas del brazo por la calle soleada, sin ser conscientes del hombre que las espiaba desde su ventana, pensativo.