LA CORRECCIÓN: MI PARQUE DE ATRACCIONES FAVORITO


Ya, ya sé que no me lo vais a creer, pero me encanta corregir mis novelas. Me chifla. Me lo paso de maravilla. Es mi parque de atracciones favorito, y ni siquiera me dan miedo las montañas rusas.


Por ahí encontraréis comentarios de otros/as escritores/es diciendo que odian las correcciones y que son agotadoras. Y no sé muy bien por qué.

Tal vez todo esto tenga que ver con el método. Ya sabéis que los autores nos dividimos básicamente entre ser de mapa o de brújula. Yo soy de brújula, o, para ser sincera, soy de tirarme al monte sin brújula ni nada que se le parezca. 
Simplemente se me cruza una historia, veo en mi mente un par de escenas, sé que va a acabar bien (ventajas de escribir principalmente novela romántica), y me lanzo a por ella. ¿La documentación? Ya la voy buscando por el camino, aunque eso me haga frenar la marcha una y otra vez. Como si te fueras al monte sin comida, y tuvieras que parar a buscar moras o asaltar algún frutal, con peligro de que te muerda el perro del dueño.
No es un buen método, lo sé, lo llevo practicando diez años y solo he conseguido acabar once novelas, muchas de las cuales ya las había pensado y comenzado años atrás, y abandonado en los cajones de mi escritorio (o en la memoria de mi ordenador).
Once novelas.
Bueno.
Tampoco es tan malo, ¿no?

La cuestión es que avanzas bien, es divertido, el aire del monte es fresco, cantan los pájaros y luce el sol. Cuando encuentras una cuesta sudas un poco y a lo mejor te entra una piedra en el zapato que te hace daño. Pero sigues avanzando, porque en la cima te espera un premio, un gran premio: el final feliz.
Y llegas, claro que llegas (once novelas, ¿ya lo he dicho antes). Pero ¡cómo llegas! Despeinada, con la camiseta sucia de moras, las suelas gastadas y las rodilleras con necesidad de parches.


Y entonces, después de un largo y merecido descanso, comienza lo divertido: la corrección.
La corrección de una novela es un tobogán por el que te deslizas, a veces das algún bandazo y puede que te hagas uno o dos moretones, pero es divertido, es gratificante, y te acerca un paso más a la verdadera gloria: la publicación de tu novela.

Y en eso estoy ahora. Deslizándome por ese largo y sinuoso tobogán.



Llegar a la cima con esta novela ha sido de lo más trabajoso de mi vida. La he comenzado y abandonado varias veces en los últimos cuatro años. ¡Cuatro años!. 
Cambié de narrador en tercera persona a primera, de uno a dos narradores, le cambié el nombre al protagonista (eso fue lo que más me dolió, pero era imprescindible), añadí otra sub trama que se me cruzó de repente en el camino, y, en fin, mil y una modificaciones que me han llevado hasta aquí, y hasta un borrador que por fin comienza a coger forma.

¿Por qué me ha costado tanto llegar hasta aquí, si tengo la experiencia de once novelas publicadas?
Porque es contemporánea, la peor de mis pesadillas.
No se me da bien escribir novela contemporánea, no me gusta el vocabulario, no me gusta la ropa que llevan los protagonistas, no me gustan las localizaciones, ni los trabajos, ni... Me cuesta encontrar algo de romanticismo en el mundo actual. 
(Sí, estoy exagerando, mucho. Vale, ya paro.)

Y, por alguna conjunción cósmica, ayer me encuentro una estupenda reseña de mi única novela de comedia romántica contemporánea publicada. 
Una reseña muy chula que dice cosas tan bonitas como estas:

"No Soy La Bella Durmiente es una excelente historia de segundas oportunidades y reencuentro. Una lectura con una alta dosis de intriga y con una química entre los personajes que conseguirá atraparos al completo. Disfruta de una historia ligera y fresca donde las risas están garantizadas. "


Así que sí, vale la pena, y mucho, escribir romance contemporáneo para esas lectoras que lo tienen entre sus lecturas preferidas, y que tantas buenas reseñas han hecho en estos años de mi Bella Durmiente.
Para vosotras, queridas, muy pronto, mi Cenicienta.







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