Relato: El regalo de la luna


Con retraso sobre lo prometido, lo sé, pero aquí está por fin mi relato especial navideño. Digamos que es mi regalo de Reyes, especial para todos los seguidores del blog, una vez más con aires románticos.


EL REGALO DE LA LUNA



–Tráemelo –le rogué a la luna, asomada a la ventana, sintiendo en mi vientre el frío de la pared de piedra sobre la que inclinaba el torso hacia el oscuro exterior, buscándole.
El campo baldío se convertía en un páramo iluminado apenas por la luna llena y allá, a lo lejos, el bosque oscuro del que las otras noches le había visto salir. Avanzaba hacia la casa con pasos largos y elásticos, un gran felino deslizándose sobre las tierras de labor. Era sombra entre sombras. Su cabello negro ondeaba sobre un rostro del que apenas se apercibían algunos planos, una nariz romana, un mentón marcado. Las oscuras cuencas de los ojos, marcadas bajo las negras cejas, vueltas hacia mi ventana, hechizándome, deteniendo el tiempo. 
¿Se puede imponer nuestra voluntad a los sueños?
–Déjalo llegar a mí –rogué, arañando el marco de la ventana con mis uñas, apretando los dientes hasta que el dolor me obligó a detenerme.
Había llegado. De repente. Estaba en el patio empedrado, ante la casa, mirándome. 
Di un paso atrás, asustada a mi pesar. Ten cuidado con lo que sueñas, repetía una voz en mi mente. 
Cerré los ojos, conjurando su imagen oscura. Unas manos grandes,  inesperadamente cálidas, se posaron sobre mis hombros, acariciándolos. 
–Eres un sueño –dije, y la brisa que entraba por la ventana acarició mis oídos con el eco de una risa.
Me levantó en sus brazos como si pesara poco más que una criatura y me llevó hasta la gran cama con baldaquín, depositándome sobre las sábanas. Parpadeé apenas, asustada ante lo que descubriría cuando abriese los ojos. Pero él daba la espalda a la ventana, enmarcado por la luz de la luna, y sólo pude percibir el contorno poderoso de su cuerpo que se inclinaba hacia mí.
Sí, era un sueño, pero olía a bosque, a pino y eucalipto, y, cuando cubrió mi cuerpo tembloroso de anticipación con el suyo, todo él era cálido y suave, fuerte pero delicado. 
Me entregué a sus caricias dispuesta a disfrutar de lo que había pedido. No todos los días se tienen sueños tan deliciosamente reales. Su boca recorría mi cuello mientras sus manos se deshacían de mi camisón. ¿Sus ropas? Nunca supe siquiera si las tenía. 
Desnudos en aquella habitación de piedra y madera, rodando sobre las sábanas de hilo, iluminados apenas por la luz de la luna, nos devoramos mutuamente con ardor, sin palabras, sin promesas.

La fría luz de la mañana me despertó, haciéndome estremecer mientras buscaba las mantas enrolladas a mis pies.
Recordé mi sueño con una sonrisa satisfecha. Aún envuelta en el sopor, palpé la cama buscando inconscientemente alguna prueba de realidad. No encontré el calor de otro cuerpo que me hubiera acompañado durante la noche, ni rastro de nada que me hubiera podido hacer sospechar que no había dormido sola, como todas las otras noches. El olor a bosque se había desvanecido.
Decidida a no darle más vueltas, me levanté y busqué algo con que abrigarme. Las mañanas eran terriblemente frías en aquel lugar. Miré mi reloj sobre la mesilla. 23 de diciembre, ya casi era Navidad. Para lo que a mí me importaba. No había vuelto a celebrar aquellas tontas fiestas desde la muerte de mis padres. Y ahora, con mi última, breve y desastrosa relación, rota un mes atrás, tampoco era el año que más me apeteciera hacerlo. 
Era uno de los motivos por los que me había decidido a alejarme de la ciudad y buscar un lugar tranquilo donde concentrarme en mi nueva novela. Tenía algunas anotaciones, personajes, un hilo argumental ya diseñado, cuando me había sorprendido la llamada de mi editora. 
Vampiros, me dijo. Le pregunté si bromeaba. No, no, vampiros, va en serio, todas las lectoras del mundo está locas por ellos. Sí, lo sé, también sé que hay vampiros hasta en la sopa, por favor. Vampiros para niños, para adolescentes, y para mujeres maduras. Clásicos, modernos, y versiones varias sobre la leyenda. ¿Y ahora pretendes que yo me apunté al carro? Sabes que no es mi estilo. Pero ella insistía e insistía. Sólo te pido que lo pienses. Te propongo un trato, he descubierto un lugar ideal para escribir. Es una gran casa de campo, tiene al menos dos siglos, todo piedra y madera. En una aldea perdida. Los vecinos más cercanos son los caseros, y viven a un kilómetro. Ellos se ocuparían de todo, limpiar, cocinar... Y tú estarías sola, en un paisaje digno de una novela gótica, para escribir la mejor de las novelas de... Le corté antes de que volviera a decir la palabra maldita, tanto chupasangres ya se me estaba atragantando.
Descartando aquel recuerdo, bien abrigada, con mi jersey más grueso y mi pantalón preferido, bajé las escaleras  hacia la cocina, en busca de mi café. No conseguía aún del todo eludir el recuerdo de mi ardoroso sueño. Dispuesta a analizarlo, me pregunté si mi mente estaba conjurando la imagen de un atractivo vampiro para dar gusto a mi editora. 
Había tenido aquel sueño desde la noche que llegara a la casa. Yo estaba de pie, asomada a la ventana abierta, y lo veía venir, envuelto en sombras y bruma. Pero hasta la noche anterior no había subido a... visitarme.
Bueno, tampoco iba a ser yo la que me quejara por haber tenido un sueño tan satisfactorio.

Mientras me estaba sirviendo el café, la puerta de la cocina se abrió a mis espaldas, sobresaltándome. Me giré para saludar a la esposa del casero, la que se encargaba de que mi desayuno estuviese preparado cuando me levantaba, sonriendo por el tonto susto que me había dado.
Pero no era la casera. 
Detenido en el centro de la cocina, de espaldas a las ventanas por las que entraba una escasa luz grisácea, estaba él. Alto y poderoso, con su cabello negro enmarcándole el rostro, ropas oscuras, y la postura indolente de una pantera en reposo.
–¿Qué haces aquí? –acerté a preguntar, cuando conseguí cerrar la boca.
El dio un paso más hacia mí, que retrocedí abrumada, poniendo entre nosotros la jarra de café en actitud defensiva. Extendió la mano, su mano grande y fuerte, y la colocó sobre el asa de la jarra.
–Quería un poco de café –dijo, y una sonrisa curvó su atractiva boca. Por suerte había sujetado la jarra, porque en aquel momento mi mano se aflojó y a punto estuve de dejarla caer.
Me di cuenta de que lo estaba devorando con la mirada, pero no podía evitar hacerlo. Ahora veía sus ojos, tan oscuros como todo él, sus mejillas lisas con el aspecto suave de un afeitado reciente, sus labios sensuales. Dios, me estaba derritiendo ante él y el calor que sentía no era sólo por el café que me había bebido de un trago para obligarme a despertar de una vez.
–¿Quién eres? –pregunté por fin, recuperando el habla.
–Soy Martín, el hijo de los caseros.
Se le veía muy cómodo, con su taza en la mano, saboreando el oscuro líquido, allí parado dominando la cocina con su demoledor atractivo.
–Nos... ¿Nos hemos visto antes?
–Lo recordaría –aseguró con una sonrisa en la que me pareció entender que yo también lo haría.
–¿Vives con tus padres?
–No. En realidad he llegado hoy. Vuelvo a casa por Navidad, ya sabes, como el turrón.
Sonreí a mi pesar por el tópico. De todas las cosas raras que me habían pasado desde que llegara a aquella casa, la más inesperada era estar tomando café por la mañana en la cocina, con la imagen exacta del hombre con el que había soñado durante la noche. El recuerdo de las cosas que me había hecho en mi sueño hizo enrojecer mis mejillas.
–Así que eres escritora –dijo Martín, que parecía que no tenía nada mejor que hacer que estar allí dándome conversación. Asentí, poco dispuesta a reconocer mi actual sequía creadora–. Escribes novelas para chicas, ¿no?
–Si quieres llamarlo así...
–No te ofendas. Mi madre se compró una cuando supo que ibas a venir y la estuvo leyendo. Creo que le gustó bastante.
–Vaya, gracias –respondí un poco mosqueada ante su tono condescendiente.
–¿Por qué a las mujeres os gustan tanto esas cosas románticas?
–¿Por qué a los hombres os gusta tanto ver a unos tíos en pantalones cortos corriendo detrás de una pelota?
–No te lo tomes así, mujer –Martín rió divertido por la pulla–. En serio ¿qué tienen esas novelas?
–¿Por qué no pruebas a leer una?
–En eso estaba pensando.
Para mi sorpresa, metió la mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros, y sacó una edición barata de mi novela “La promesa de la luna”. Dios, de todas mis novelas, había tenido que escoger la de más alto voltaje erótico. Noté que volvía a sonrojarme.
–¿Me escribirás una dedicatoria?
–Cuando te la hayas leído.
–Soy rápido leyendo. Además, estoy de vacaciones, no tengo nada mejor que hacer –con todo descaro, me recorrió con la mirada de arriba a abajo.
–Yo sí tengo mucho que hacer –aseguré, dejando mi taza en el fregadero. Tenía que escapar de aquella cocina, de repente hacía demasiado calor. Separé con una mano el cuello de mi jersey para que entrara algo de aire frío que me refrescase.
–Si necesitas inspiración...
Lo miré escandalizada. Pero él estaba apoyado contra la encimera, con los brazos cruzados sobre el pecho, y una sonrisa traviesa lucía en su atractivo rostro. Era difícil regañarle cuando apenas podía mirarle de frente sin recordar el sueño de la noche pasada.
–Haré como que no he escuchado eso último –aseguré mientras huía como una rata cobarde de la asfixiante cocina. Las carcajadas de Martín me persiguieron escaleras arriba.

Cuando conseguí serenarme, me senté en el escritorio dispuesta a comenzar mi tarea. Mientras encendía el portátil no podía evitar que recuerdos de mi sueño se mezclaran con la conversación en la cocina. 
–Basta –me dije en voz alta a mí misma–. Tengo que separar el sueño y la realidad.
Lo ocurrido la noche anterior había sido una fantasía, tremendamente real, sí, pero sólo un juego de mi imaginación.
Pero Martín era de carne y hueso. Por cierto, algo que no me molestaría nada comprobar exhaustivamente. Y por la forma en la que el muy descarado me había sonreído y mirado, a él tampoco le importaría hacerme un reconocimiento a fondo.
Qué demonios. Allí estaba yo, sin pareja, sin familia, amargada por la proximidad de unas fiestas que habían perdido tiempo atrás toda la magia. Y justo bajo mis pies, estaba un hombre recién salido de mis sueños, dispuesto a hacerlos realidad. Había llegado a aquel lugar en busca de inspiración, y por fin parecía que iba a encontrarla.

Tomada una decisión, cerré los ojos, respiré hondo, y busqué concentración. Abrí un documento nuevo en el procesador de textos y comencé a escribir:

“–Tráemelo –le rogué a la luna, asomada a la ventana, sintiendo en mi vientre el frío de la pared de piedra sobre la que inclinaba el torso hacia el oscuro exterior, buscándole...”

Comentarios

Paco ha dicho que…
Teresa,
Tuve la suerte de leerlo hace unos dias.
Lo guardo como oro en paño en mi ordenador.
Que podía esperar de una escritora como tú, de la que solo puedo aprender...
Un abrazo
Felisa Moreno ha dicho que…
Teresa, lo he imprimido para leerlo con más tranquilidad. Me ha parecido un relato estupendo, sabes manejar la intriga, mantener la atención del lector y es muy sensual.
Enhorabuena.
Un beso
XoseAntón ha dicho que…
Ya estaba preparando la estaca y unos ajos para tener a mano por si volvía a Ferrol y me encontraba contigo... Pero, afortuandamente, el sueño merecía la pena. Me alegro por la escritora y por su decisión final, muy acertada y recomendable.
Felicidades Teresa, me gustó el cuento; mucho.

Bikiños
Teresa Cameselle ha dicho que…
Me alegro mucho de que os haya gustado, en especial a los chicos, perdona Felisa, pero es que siempre se dice que la literatura romántica sólo gusta a las mujeres, y esta es una prueba de que no, por lo que me alegro doblemente.
Besos para los tres.
Assumpta ha dicho que…
Estooooo... se me ha pasado por la cabeza pensar que el tal Martín era un vampiro... ejem... ¿no pedía la editora vampiros? :-)
Anónimo ha dicho que…
Vaya Teresa, esta vez parece que te lo has currado. Esto sí que es un señor relato, de los que, por su extensión, te da tiempo de suspirar al menos tres veces :-). Me ha resultado muy entretenido.

Bien por mi escritora de novela romántica preferida, muy bien. Y sabes porqué eres mi preferida, ¿no?

Si el relato o novela tiene calidad literaria, da igual el estilo, tanto le puede gustar a una mujer como a un hombre. Aunque es cierto que la romántica tiene más aceptación entre las mujeres; alguna razón habrá.

Fernando
Teresa Cameselle ha dicho que…
Miss, creo que Martín, a poco que le de pie, le va a dar más de uno o dos mordiscos, pero tranquila, que no correrá la sangre, jaja.
Fernando, claro que lo sé. Porque yo lo valgo ;D.
Besos.

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