ASÍ COMIENZA "FALSAS ILUSIONES"




“Sé que es una regañona insoportable y chillona...
Pero si eso es todo, señores, no hallo inconveniente.”
“La fierecilla domada”. William Shakespeare.


La Coruña, España. 1884.

Se había perdido, ya no tenía dudas. Cómo podía una perderse en una ciudad tan pequeña, era un misterio a resolver más adelante. Ahora la urgencia era retomar el camino hacia la Iglesia de Santiago. Le importaba poco llegar a tiempo o no de confesarse. Ya lo había hecho el día anterior y el otro. Y tampoco pecaba tanto, a pesar de su mala fama.
La calle empedrada bajaba en dirección al Muelle de Montoto, donde faenaban los pescadores. Las gentes que se cruzaban con ella eran marineros o sus mujeres, con la faldas remangadas y un gran cesto sobre la cabeza, rebosante de pescados tan frescos que aún agitaban las colas. No había a quién preguntarle por el camino perdido. Llevaba pocos días en La Coruña, pero ya sabía que fuera de ciertos círculos, los habitantes de la ciudad hablaban una jerga difícilmente entendible.
Saber que era su culpa que hubiesen ido a dar al punto más lejano de la península, no disminuía un ápice el enfado que sentía con su padre por haber escogido aquel destino. Acostumbrada al ajetreo de Madrid o al bullicio de Cádiz, aquel lugar frío, húmedo y ventoso, sólo acrecentaba su malhumor y su despecho.
Trató de encontrar distracción en el colorido de los barcos pesqueros que descargaban sus mercancías del día. Las sardinas saltaban en las cestas y los pulpos y calamares movían aún sus tentáculos sobre las cubiertas de las naves.
Caminaba por el malecón de piedra, observando el ajetreo varios metros más abajo, donde la marea mansa rompía contra la pared. Un momento de distracción fue suficiente para su fatalidad. La cesta, repleta de pescado fresco, apareció de repente en su camino y la inercia no le permitió detener su pie derecho hasta que lo introdujo, hasta el tobillo, entre sardinas tan relucientes como sus nuevos botines de charol.
El disgusto, unido al sobresalto, la hicieron recular con tanto apuro, que terminó sentándose en el suelo a demasiada velocidad como para que sus enaguas amortiguasen el golpe. Las faldas por las rodillas, el aliento detenido, y su pie derecho, en el aire, pringado de salitre y escamas pegajosas.
–¿Te has hecho daño?
Un marinero, sin duda el culpable de aquel desaguisado, le tendía su mano. Diana le miró como si fuera el diablo en persona.
–¡Torpe! ¡Botarate! Podía haberme caído al mar. Podía haberme matado...
–Sí, y podías haber ido prestando atención al sitio por donde caminabas. No es lugar para paseo de señoritas.
–Si aún tendrás más que decir. Tu...
–Por favor, ahórrate los insultos. Entre marineros tu vocabulario florido solo provoca carcajadas.
No fueron carcajadas, pero sí que Diana sorprendió alguna risa sarcástica entre los que habían presenciado la escena y que ahora retomaban su labor, sin hacer nada por defenderla de aquel individuo.
–¿Eso es sangre? –preguntó asqueada, mirando un pegote rojo que coronaba la punta de su botín.
–Sangre, sí, de mis sardinas. Ahora no podré sacar un buen precio por ellas en la subasta.
–¡Qué asco! Mis zapatos nuevos echados a perder.
–A la señorita le preocupan sus zapatos –barbotó el pescador, atrayendo de nuevo la atención de sus compinches–. No le importa si alguno de nosotros se queda hoy sin comer.
El marinero comenzó a escoger de la cesta el pescado que había sido aplastado por el pie de Diana, arrojándolo fuera, sin pararse a mirar si continuaba manchándola con aquella labor.
Intentando recuperar algo de dignidad, Diana se puso en pie, sacudiéndose el zapato sucio, y lo miró desde lo alto, enarcando las cejas negras con su gesto más desdeñoso.
–Aquí no tienen educación, ni modales, ni …
–¿Aquí? ¿Al puerto, se refiere? ¿O quizá a la ciudad entera? Bien se nota que es usted de fuera –el marinero se puso en pie, con un gesto de desprecio en la boca que superaba con creces al de la muchacha. Cuando terminó de erguirse, ella descubrió que la sobrepasaba en estatura casi una cabeza, y se encontró mirando su pecho moreno, que asomaba indecente bajo su camisa abierta–. Si tanto le disgusta lo que ve, señorita, puede usted volverse por donde ha venido.
–Ya quisiera poder hacerlo –Diana titubeó apenas. No estaba acostumbrada a ver hombres semidesnudos, y la forma en que él se había inclinado para mirarla a los ojos, ponía un nudo de tensión en su garganta–. De momento, me conformaría con que me indicara el camino hacia la Iglesia de Santiago.
–Sólo tiene que volver por donde ha venido, y caminar siempre hacia su izquierda, no tiene pérdida.
–Bien –no iba a darle las gracias, no se las merecía, aunque quizá debiera recompensarle, por la ayuda y por las sardinas perdidas. Diana echó mano de su bolso y ya estaba contando las monedas cuando escuchó al burdo marinero lanzar una maldición contra las señoritingas sobradas de dinero. Cuando levantó la vista, escandalizada, él ya se alejaba a paso ligero, puerto adelante.
Se quedó aún un momento, unos segundos nada más, se juró a sí misma después, observando como caminaba. Sus piernas largas, sus brazos fuertes cargando la gran cesta de pescado, y su cabello oscuro, color chocolate, cayéndole húmedo casi hasta los hombros. Olvidados ya sus exabruptos, iba silbando una alegre melodía.
Despertó de su ensueño en el momento en que algo cálido comenzaba a invadir su vientre. Ya había sentido una vez aquella sensación, que se convirtió en la causa de su ruina. Nunca más, se había jurado. Era su propósito más firme mantenerse alejada de los hombres, evitar cruzarse en su camino, no llamar su atención y procurar convertirse en una sombra, una de esas mujeres invisibles que no dan que hablar, que nadie sabe, ni le importa, si tienen vida propia o se asemejan más a una planta que adorna algún rincón de la casa. Quizá así no sufriría, y no haría sufrir a los demás.
Un pie delante del otro. El derecho, sucio, el izquierdo aún reluciente. Con manos firmes se alisó las faldas revueltas. Se retocó también el pelo, asegurádose que ni un mechón se escapaba de su perfecto moño. Calle arriba y hacia la izquierda. Tenía que llegar a tiempo de confesarse.
Al fondo del puerto, un cigarro en la mano y la pierna derecha apoyada sobre un noray, Fernando seguía sus pasos como un gato observa una paloma, relamiéndose ante el recuerdo de sus tobillos bien torneados y sus ojos oscuros escupiendo fuego como volcanes incandescentes. Quién tuviera la suerte de domarla, reflexionó, antes de apartarla de su mente. Imaginó que sería para siempre."


"Falsas ilusiones" ©Teresa Cameselle
Una novela corta, exclusiva en libro electrónico.






Comentarios

Ángeles Ibirika ha dicho que…
Maravilloso y prometedor comienzo que deja con ganas de muuuucho más ;-)
Me encanta, y no veo el momento de seguir.
Abrazos, preciosa.

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